La chica del Soleil
Al ver su retrato en el periódico, había quedado muy sorprendido. En la página de sucesos, un aviso de desaparición, Maryse Duchemin, morena, un metro setenta, llevaba un vaquero, un jersey negro, un anorak, zapatillas. Cualquiera que pueda…. etc, etc.
No conocía ni su apellido, ni su nombre, ni le había hablado y aunque la había mirado detenidamente (¿cómo no hacerlo? ¿cómo resistirse?), la había visto sólo una noche, una noche tan sólo, una vez, diez minutos. Pero da igual cuánto duró el encuentro.
Dejó el periódico, encendió un cigarrillo, estaba todavía en casa y podía volver a fumar. Mejor dicho podía fumar de nuevo desde que Laurence se había ido, incompatibilidad de caracteres como se dice. Y fue justamente después de la separación de Laurence, cinco años de vida en común - ¿en común? - cuando había vuelto a salir. Y fue aquella noche, hace 15 días exactamente, aún lo recuerda, cuando entró en ese bar.
Había caminado por la ciudad, solo, había hecho paradas, un poco como recobra energía un maratoniano, y volvía a su carrera desenfrenada, ansiosa de bebida, vana. El Sporting, el Balto, el Regina, el Carrefour, el Soleil.
Fue en el Soleil, un café-bar donde se vende tabaco, se pueden realizar loterías y apuestas, en frente de la estación, en el Soleil precisamente donde se había sentido a gusto, donde se había detenido. Había dejado el mostrador y se había sentado en una mesa en el fondo de la sala.
Con la ayuda de las cervezas, unas diez, no pudo evitar hacer un balance, no pudo evitar que lo invadiera el balance, más bien desastroso de su vida. 35 años, parado de larga duración, reducción de personal, indemnizaciones (esfumadas desde bastante tiempo) y para rematar el cuadro, su separación de Laurence.
No es bella la vida.
Había echado un vistazo a la sala, la fauna habitual, en su salsa y él en el centro, apartado con el alma y los pies destrozados.
Fue entonces cuando la vio.
Vino a sentarse al lado suyo, pidió una copa de vino blanco que se bebió de un trago, luego otro.
Ni siquiera lo miró, si no hubiera estado allí hubiera sido igual. No era del tipo ligón, mirón pesado pero aquella mujer transmitía cierto toque de misterio. De todas formas Laurence seguía tan presente, a pesar de su ausencia, que no había sitio para otra.
Y sin embargo.
Ella sacó un bloc de notas, meditó, empezó a escribir, después rompió el folio e hizo una bola con él y luego lo tiró al suelo.
Volvió a empezar, luego cerró el bloc y se marchó.
Había desaparecido en la muchedumbre del sábado por la noche y, él la había seguido con la mirada, ella se había dirigido hacia el muelle.
Había recogido discretamente el folio. Lo tiene, aquí delante, todo arrugadito, cerca de su retrato de “desaparecida” en blanco y negro.
Charles,
Me vas a pagar lo que me has hecho, te juro que lo vas a pagar, no sé cómo pero
Ya, era todo, todo lo que había escrito.
Se dio cuenta de que bastaba sustituir a Charles por Paul y este inicio de carta hubiera podido escribirlo Laurence.
Y ¿ahora?
¿Qué hacer?
¿Llamar a la policía, contarles lo del Soleil?
¿Salir en busca de aquella desconocida?
¿Y por qué no? Sí que convenía poner una pizca de sal a su vida insípida.
Era una ocasión inesperada.
¿La última?
L’adaptation a été réalisée par Isabelle Legagneux